miércoles, 16 de junio de 2010

La mujer rota, de Simone de Beauvoir.


Simone de Beauvoir escribió una novela apasionada sobre las emociones de una mujer enamorada, tan enamorada como lo estaría cualquier otra, pero con un amor incompleto, imperfecto, porque se basaba en el amor por sí misma a través de los demás, lo que hizo que al ser éstos reducidos a espejismos, ella se hundiese en el odio más espeso, por la vida, por ella misma, por su organismo. Monique es el nombre de la protagonista, que, en forma de diario, nos confiesa "la verdad", que para ella tiene una unicidad invariable. El diario no es más que una hoja en blanco, sí bien con retazos del pasado, pero uno confuso y doloroso, que pierde toda su esencia al ser descubierto como una cosa muy distinta a la imagen que de él se tenía preconcebida. En realidad, lo que parece un discurso intimista de la propia Simone, por ejemplo, en el ocaso de su duradera relación con Jean-Paul Sartre, otro gran filósofo existencialista, para mí no es más que el canto al perspectivismo Nietzscheano por antagonía: su moraleja es precisamente tomarse las cosas de la forma contraria a la de la protagonista, o así prefiero entenderlo.

Con Sartre.

Aunque la excusa es una trama de infidelidad por parte del marido que siempre le ha parecido maravilloso y "transparente", pero que no lo era tanto, o no de la manera que Monique creía, en realidad la novela es importante. Su tensión es psicológica y con un ritmo in crescendo, es un verdadero Thriller, empático y sudoroso, se podría decir. Provoca amargura porque el relato es amargo, pero te llena de una intensidad desconocidas, a menos que se halla vivido algo similar (en cuanto a sentimientos, los hechos en sí son lo de menos), que te embriagan, dejandote asolada en el momento en que cierras el libro, leída la última página. Casi te hace echar de menos el sufrimiento. El desarrollo parece tan natural que sería factible pensar que, además por la breve duración del conjunto, Beauvoir lo escribió sin pensar, desahogando una opresión en la garganta. Pero tal vez fuese todo lo contrario y posea una elaboración exhaustiva, que pretendía iterrelacionar a la perfección cada dato, cada acontecimiento con un nuevo razonamiento lógico y con una nueva reacción química de la asfixiada Monique.

El caso es que la perfección es sublime, anima a la lectura ya en sus primeras páginas, también por el impecable estilo, que aunque poco parafraseado, es muy poético y directo. Su sinceridad y sustancialidad lo hacen un relato que hay que leer, y no se puede cerrar un libro así hasta que se ha devorado hasta la última de sus páginas.
Final atroz. Pero redondeado, tan real que deja lugar a la inevitable y absurda esperanza, pero vista desde el sentido del miedo. Es decir, que cuando cierras el libro ya sabes qué le ocurrirá a Monique: lo mismo que te ocurrió a tí en un momento crucial de tu vida. Este final abierto es precisamente lo que se merecía una novela tan vital y desgarradora como la vida misma.
Creo que me he enamorado. De Simone de Beauvoir, por supuesto.

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