El actor que se propone participar en una remasterización de una vieja película corre el riesgo de realizar una descabellada y barata reproducción imitativa de la primera. Lo mismo ocurre cuando uno se propone comentar en su blog un clásico de la literatura, más por el renombre e importancia de su autor que por la popularidad de la obra en sí, en este caso. Porque Las Bostonianas en su momento fueron motivo de censuras, por su contenido harto evidente homosexual. Henry James lo era. Homosexual. Pero no se propuso hacer una simple denuncia, una recreación de su sexo reprimido ni una novelilla floja de interés erótico, sino que hizo lo que hoy casi parece imposible para los autores no heterosexuales, supo aprovechar un tema a sabiendas de su controversia y su interés antropológico. No hace falta conocer mucho al autor para darse cuenta de que fue un hombre con clase, alejado de toda ordinariez, que definió su estilo a través de los paradigmas de la sintaxis elaborada y las oraciones combinadas con gran número de proposiciones, en un texto de extensión realmente largo, aunque, contrariamente a lo que en una situación errónea de percepción se puede pensar, que ha de leerse precipitadamente, con agilidad mental para no perder el hilo argumentativo, ausente de pausas de puntualización pero con largas digresiones del autor y reflexiones sobre la psicología de cada personaje, que son los latidos vitales en la tensión de toda la novela, ya que en pocas ocasiones James se olvida de alejarse de situaciones de gran visibilidad, y prefiere la aparente serenidad y cotidianidad contada a través de un tiempo interior a la novela relativamente expandido pero compuesto de pocos escenarios y cuadros, que de por sí parecerían inofensivos si no fuesen escrutados por la atenta y omnisciente mirada del genial y muy intelectual escritor. Con estas herramientas queda resumida toda la artillería _al menos en la obra tratada ahora_ de Henry James. En concreto la pone a su servicio para realizar una descripción atenta y observadora sobre dos temas de gran profundidad con base en el sexo, únicamente (muy freudiniano), es decir el lesbianismo _que no es explícito y se plantea precisamente como el clásico y peculiar "matrimonio bostoniano" de la época, las amistades románticas entre mujeres que muy a menudo se promovían desde las mismas familias, aunque no siempre se reconocían públicamente los vínculos sexuales entre las integrantes de la íntima relación que tenía su vigencia hasta que el matrimonio se concertaba con un hombre_ como tendencia frente a uno como necesidad o fenómeno surgido por la inercia, y el sufragismo como forma de liberación femenina y búsqueda de la justicia en contraposición, no absolutamente diametral y en ocasiones siendo complemento un elemento del otro, con el ansia de autorrealización y cumplimiento con los deberes para con los demás, pero no sólo en el sentido altruísta, sino en el más superficial, monetario, glamouroso...Un repaso dramático a las diferentes personalidades que pueden conformar la sociedad, sus móviles, sus acciones, y por tanto su "destino", consecuencia directa y dramática de ellas y de sus emociones enlatadas en las costumbres de la sociedad del siglo XIX. Muy recomendable si se pretende leer en un tiempo breve y con ganas de hacerlo.
De Hitchcock todo se sabe, prácticamente. Y de sus obras. Sus curiosidades, en concreto las de Rebecca, pueden formar parte de nuestra enciclopedia personal portátil abstracta y tan racional como lo contrario (como suelo entender la mente) con tan sólo clickear en el buscador tras haberle ordenado que nos informe acerca de la susodicha película. Aún así, para facilitar el acceso a estas informaciones básicas expongo el link de Wikipedia para la novela de la peculiar Daphne Du Maurier (la autora original del libro) y la de la película.
La película no tiene un mal comienzo, de hecho, hasta que se revela la verdadera historia en un pasado acontecida, con el fin de satisfacer las ansias de felicidad y romanticismo, que en la débil protagonista son una sola cosa, se pierde el clímax, el sentido, es uno de aquellos casos en que se pierde toda la trama al pretender explicarla o bien completarla. La Mansión Manderley es una perfección para el género misterioso, las escenas, las músicas, hasta las facciones de la joven que se ve envuelta en el extraño caso, son ideales para acompañar la fuerza de la obra de Hitchcock, que básicamente_ aunque no en exclusiva_ descansa en el personaje de Rebecca, como ocurre en la novela.
La primera parte gira en torno al conflicto entre Joan Fontaine, que en la película no tiene ni nombre propio, y su rico y extravagante nuevo marido. Este conflicto no es otro que la incomodidad propiciada por el fantasma de la mujer fallecida de éste. Dentro de este juego de atmósferas que incitan al deseo del estremecimiento destaca la rotundidad del ama de llaves, que me pareció ausente de su papel, como si la actriz se sintiese por encima de la supuesta vulgaridad de participar desde el segundo plano. Realmente no consigue el efecto que procura, ese que conocemos, el de atemorizar, sin embargo, sí que le da consistencia a la historia. Ahora diré el porqué.
Si consideramos que esta primera parte se extiende hasta la última escena en que se defiende la esencia necrofílica, la cual considero que es cuando la nueva señora de Winter (Fontaine) se decide a sucumbir ante la curiosidad y la rabia contra una persona inexistente (Rebecca), y entra en el que fue el aposento privado de ésta, la mejor habitación de la casa, reservada para su memoria, podríamos asistir a una representación más gráfica de los factores relevantes en la atribulada existencia de la pobre Fontaine.
Hasta el momento conocemos lo imprescindible del personaje fenecido, su eternidad, bien por su carisma, por su belleza o por ser el objeto del amor imperecedero de Maxim De Winter. Parece ser el eje de todo, sin embargo (y cuando se resuelven los asuntos esto se aclara aún más) esto es sólo una parcela, que viene mortalmente complementada de una serie de fenómenos…pasionales. A esto se refieren las reacciones de los diferentes personajes que van desfilando ante la mirada exigente de Hitchcock. En especial, quisiera hacer referencia a la brillantez interpretativa de Judith Anderson en la nombrada escena, la que supone el punto y aparte del primer fragmento del largometraje según mi forma de entenderlo. Esta ama de llaves confunde mi razón al rematar la situación con poesía en la voz, como un cantar épico, más bien como si fuese una oda o un himno, por el que termina enloqueciendo definitivamente a la pobre segunda esposa. Si esta es la escena que considero cumbre, también es el punto en el que empieza el declive total, crecientemente galopante en la pérdida de la facultad de la genialidad, hasta volver a su contundencia para despedirse con el arrebatado desenlace, confirmación de ciertas sospechas fomentadas por las actuaciones de la oscura ama de llaves en previos actos, como el comentado y aquél en el que todos están reunidos en una sala privada de un restaurante, discutiendo la posibilidad de que Rebeca fuese asesinada.
El caso es que, todo el nudo final, aquella historieta sobre el juicio de Maxim de Winter y demás, no son más que una excusa, una aclaración, que conduce a lo que es en verdad el entramado: Rebecca era una mujer de un carácter increíble, capaz de engatusar a cualquiera, _excepto al que fue su marido, que buscaba algo más similar a lo que obtiene más tarde en la figura de su siguiente esposa (dulzura, modestia y sinceridad)_ con su hartera racionalidad, su potencia intelectual, su poderosa ambición que le hizo no conformarse con poco y decidir su término por sí misma, cuando se vio acabada.
Sin embargo, es el final lo que hace pensar en algo más, ajeno al pilar y cimiento de la redacción, o sea, Rebecca, y esto creo que es, sin duda alguna, la fuerza de otro carácter de indecible fortaleza paralela a la de la muerta, vinculada y alimentada por el de ésta, con un desenlace similar al suyo (el suicidio ante la perspectiva de estar derrotada por la vida), al de su adorada (tal vez sea quien más amor le guarde, a pesar de ser objeto de admiración de multitud de personajes) señora. Hablo, ni más ni menos, que de una consagrada, enamorada, ama de llaves, oscura y fiel hasta la muerte, capaz de sabotear la experiencia vital de los nuevos amos de Manderley, si así se requiere para dar cuerpo al relato que mitificaría aún más a la Rebecca Muerta.
Obviamente, una obra que podría catalogarse de "aceptable" dentro del ranking de las buenas películas de la historia, original aunque en exceso larga, no tanto por su duración ni por su pesadez, cosa que no llega a conformar la sarta de adjetivos que merece, sino porque pierde energía en focos y demás instrumentos de iluminación para alumbrar un mal ensamblado puente con la solución, suficientemente aburrida y costumbrista, que rompe con todo el arte anterior ofrecido, e incluso con el del final. No sólo eliminaría esto, sino también resumiría las declaraciones amorosas e intensificaría el fuerte drama personal de cada individuo, para demostrar que tras la tristeza de la realidad de Rebecca no gobernaba una mujer malvada, ni una enfermedad como parece querer decir, ni una infidelidad, ni un caracter sencillamente preponderante, sino, tan sólo, una mujer, compleja como la que más, como el resto de seres que, según se vislumbra, aunque muy a la distancia, crean la razón de ser de esta brutalmente sutil obra, de esas que te decepcionan un tanto, pero que con el tiempo van acomodándose a tus recuerdos, tomando nuevos matices y sabores, tornándose una grata y peculiar experiencia que va gustándote cada vez más.
”Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta:la punta de la lengua emprende un viaje detres pasos paladar abajo, hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta."
>>Ningún amante ha pensado en su amada con tanta ternura, ninguna mujer ha sido tan embelesadamente evocada, con tanta gracia y delicadeza, como Lolita. (Lionel Trilling).
>>La obra más satisfactoria _quizá la única satisfactoria_ de la literatura erótica que haya leído...Mientras nuestro siglo entra en sus años finales, la última carcajada puede ser la mejor de todas: La Gran Novela Americana fue escrita por un ruso. (Alan Levy).
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La Infancia Perdida...
Cuando compré Lolita de Vladimir Nabokov mi única intención era explorar un mundo inaudito y vetado, quería conocer aquello que suponía un tabú pero que formaba parte de una identidad nuestra, de los seres humanos. La pederastia en sí nunca me ha parecido moral, ni moralizable en ninguno de los casos, pero tenía mis discusiones interiores con respecto a la pedofilia. ¿Por qué considerar enfermo a alguien que, por cualquier razón, es capaz de vibrar y rezumar por los poros una energía que tiene su origen y destino en la perfección, que no pureza, de seres jóvenes, sin ajar, esbeltos, suaves, aterciopelados, con un olor tan dulce? Creo que algo así pensaría Nabokov a lo largo de los años en que Lolita le mantuvo ocupado. Y especialmente porque consideraba absurdo crear una novela didáctica, con un final redondo como una moraleja:
Para mí, una obra de ficción sólo existe en la medida en que me proporciona lo que llamaré, lisa y llanamente, placer estético, es decir, la sensación de que es algo, en algún lugar, relacionado con otros estados de ánimo en que el arte (curiosidad, ternura, bondad, éxtasis) es la norma. Todo lo demás es hojarasca temática o lo que algunos llaman la Literatura de Ideas, que a menudo no es más que hojarasca temática solidificada en inmensos bloques de yeso cuidadosamente transmitidos de época en época, hasta que al fin aparece alguien con un martillo y le hace una buena raja a Balzac, a Gorki, a Mann.
El caso es que partiendo del impulso poético es que Nabokov descubre las verdaderas entrañas de un hombre que hubiese sido únicamente juzgado en lo legal y en lo psicológico.
Toda la plasticidad de las portadas que se le atribuyen a esta magna novela queda rebajada ante el gran pictoricismo de esta delirante obra. Un suceso de imágenes, con luz propia, de la que por su densidad es capaz de rozarte la piel, con aromas propios, de toda clase, no sólo agradables y sensuales, prácticamente con sabor, de repente puedes masticar un sentimiento, el terror, la angustia, el deseo, la serenidad, la plenitud, la infinitud...Nabokov es, probablemente, uno de los autores de prosa con mayor respeto por el formalismo y es esto lo que le hace libre a él y al lector. Supongo que no seré la única que cuando decide leer una historia ansía más impregnarse de la esencia y la atmósfera emocional y física, los rozamientos con su contexto histórico, que se almacena con el resto de elementos temporales, con un color supremo que te permite entrar en la escena de una vieja película, pero sin las limitaciones del blanco y negro, que entender y seguir la trama, como si fuese una simple crónica periodística, porque, sencillamente, desearía haber estado allí, cosa que Nabokov sabe y te permite realizar.
Única crítica negativa merecida: su segunda parte, tal vez por el deseo de aturdir, para la empatización con el perturbado y paranoico Humbert Humbert, es un tanto más ambigua y desordenada, más abstracta podría decirse. Y en cuanto a su poesía, debería también apuntar, o tal vez alagar, que es menos belleza para ser más explicación, justo el funcionamiento contrario a la prosa, justo al contrario de lo que suelen hacer los escritores comunes, que no por ello son de poca calidad, lo que sí, menos excepcionales.
Humbert Humbert es un fracasado licenciado en literatura que, ya viviendo de una pensión y con todo el tiempo libre que desea, decide irse de París, ciudad que habitaba plácidamente tras haber abandonado su natal Bretaña, que le regaló un acento peculiar que le haría destacar allá donde fuese en el Nuevo Mundo, para establecerse por motivos de negocios irrelevantes en Norteamérica. Allí, por los azares de la vida se termina desenvolviéndose en un ambiente familiar pequeño y convulso: el Mundo de Charlotte Haze, vieja viuda y peculiar dama, no sin falta de atractivo, y el de su hija _especialmente éste_ Dolores.
Charlotte, uno de mis personajes preferidos de la novela (a pesar de no perdurar demasiado en el relato) es una mujer muy dada a su propia humillación, en nombre del amor, la femineidad y el sexo. Aunque muchos podrían imaginarse a Humbert (como él mismo dice) como un ser despiadado por dentro y por fuera, en realidad posee un físico velludo, viril y poderosamente seductor que le valió una serie de romances a lo largo de su vida, que sin embargo no supieron satisfacerle. Es por estos factores que el protagonista obtiene el favor del sino y concluye que el matrimonio es la mejor forma de tener a su merced a la jóven chiquilla, de once años, con la que tantos juegos (para él eróticos) inolvidables practicará.
Uno de los aspectos fundamentales de la personalidad de Humbert es su...¿Cómo llamarlo? Capacidad para esperar, podría decirse. Él no quiere obtener aquello que desea a cualquier precio, es decir, de cualquier forma y en cualquier momento, sino de la manera más perfecta posible, para vivir su éxito como en un cuento de hadas. Así, no se precipita, como hubiese sido de esperar, y mata a su reciente esposa, Charlotte, sino que disfruta en la medida de lo posible de la serenidad de su relación juntos, sacando el máximo partido a su relación con la niña y la madre. Pero no descuida sus movimientos y, despacio pero seguro, prácticamente se deja llevar por lo que el entiende casi un regalo del destino, a quien no pretende tentar para no perder su dicha. Tras una discusión con Charlotte, que descubre el diario del pedófilo, éste asegura que ella está confundida, que estos documentos no son más que una novela, e insiste en que debe relajarse. Ella, sumisa, subordinada a su adorado compañero macho (porque para ella no es nada mucho más elevado), procura calmarse y se toma unas pastillas con las que él le abastece. Somníferos. Tenían un propósito más maquiavélico: drogar a madre y niña para divertirse una noche a la sombra de la inconsciencia de ambas, pero la historia dará un vuelco más a favor del que podríamos denominar héroe de la aventura. Los efectos son mortales en la pobre mujer, que, de nuevo alterada, decide salir a toda prisa de su casa y en un descuido (producido por el sofoco y el somnífero, sobretodo) es atropellada grácilmente por un automóvil que doblaba una esquina. Lolita en ese momento estaba en el Campamento Q, cosa que le valdrá a Humbert para acallar la verdad y decirle que su pobre madre está enferma en el hospital, que deberá estar largamente ingresada en él y que mientras, ellos dos se dedicarán a viajar. Por supuesto, Humbert hace creer a todos que la niña es suya, con una mentira bien confeccionada, pero tiene el cuidado de no pedir la custodia y tutela legal de la pequeña.
Y así comienzan las aventuras de estos dos personajes, tan trágica como decadente, pero ciertamente llena de algo similar al amor, un amor que no viene de ninguno de los dos, ni va a ninguno de ellos, sino más bien que es transmitido por el propio Nabokov, hacia la escena.
Lolita, llevada al cine por primera vez, en blanco y negro, por Stanley Kubrick.
Lolita, película de 1997.
Humbert, Hamburg...y un sinfín de insultos que se aplica a sí mismo el personaje central, también narrador, de gallarda inteligencia, tiene todos los cabos bien atados. Todo transcurre en un letargo que apenas parece posible quebrantar, hasta que un ser tan miserable como él, aunque a su modo, le arrebata la vida, le arrebata a Lolita. ¡Ah, Humbert! Eras ambiguo ante la ley, escurridizo para la policía, una ficción para la razón, para la sospecha, la curiosidad, para el propio devenir, que se mostraba amigo tuyo. Sólo un ser análogo a tí pudo realmente tener tanta suerte como tú tenías: La suerte del villano, la del inadaptado, la del sinvergüenza.
Y aquí el declive de la obra, que va acompasado al de Humbert.
Sólo el posterior asesinato que comete posee la misma fuerza que sus actos lascivos, pueden intuir por qué. En un ballet de verdadero ingenio, que recuerda al alarde cinematográfico, al teatro de vanguardia, Humbert se enfrenta a su alma gemela, a su espíritu opuesto, con el que decide estar en pleno conflicto, al que decide cargarle toda su desgracia. Y todo esto para poder seguir viviendo, como dice él mismo, para poder inmortalizar a su amada Lolita:
Pienso en bisontes y ángeles, en el secreto de los pigmentos perdurables, en los sonetos proféticos, en el refugio del arte. Y ésta es la única inmortalidad que tú y yo podemos compartir, Lolita mía.
Aquí un estracto de parte de la filosofía de Nabokov, que es poeta, antetodo, pero también filósofo, aunque a veces parezca que guste de no serlo:
Muchas veces he advertido que tendemos a atribuir a nuestros amigos una estabilidad similar a la que adquieren en la mente del lector los personajes literarios. Aunque abramos El rey Lear montones de veces, nunca encontraremos al pobre soberano apurando hasta la última gota de su jarra de cerveza la mar de contento, olvidados todos los pesares, en una alegre reunión con sus tres hijas y sus perros falderos. Nunca revivirá Emma, reanimada en el momento oportuno por las sales simpáticas contenidas en las lágrimas que Flaubert pone en los ojos de su padre. Sea cual fuere la evolución que este o aquel personaje popular ha experimentado entre las tapas de un libro, su destino está fijado en nuestra mente, y, de manera similar, esperamos que nuestros amigos se ajusten a tal o cual molde convencional que hemos acuñado para ellos. Así, X nunca compondrá la música inmortal que no armonizaría con las sinfonías de segundo orden a que nos ha habituado. Por su parte, Y jamás cometerá un asesinato. En ninguna circunstancia nos traicionará Z. Lo hemos dispuesto todo en nuestra mente, y cuanto menos vemos a una persona determinada, es tanto más satisfactorio comprobar la fidelidad con que se ajusta a la idea que nos hemos hecho de ella cada vez que nos llegan noticias suyas. Cualquier desviación del destino que hemos ordenado nos impresionaría, no sólo por anómala, sino también por su falta de ética. Preferiríamos no haber conocido a nuestro vecino, el vendedor jubilado de perritos calientes, si un buen día publica el libro de poesía más importante de su tiempo.
El célebre pintor Balthus, que vivió todo el siglo XX, probablemente hubiese sido el ilustrador ideal para la obra de Nabokov. En sus pinturas refleja su adoración por las niñas, que también manifestó con estas frases:
"Las niñas son las únicas criaturas que todavía pueden pasar por pequeños seres puros y sin edad. Las jóvenes adolescentes nunca me interesaron más allá de esta idea".
"Las niñas para mí son sencillamente ángeles y en tal sentido su inocente impudor propio de la infancia. Lo morboso se encuentra en otro lado".
Albert Camus, amigo íntimo del artista, decía: "No es el crimen lo que interesa, sino la pureza".
Vicente Molina Foix, otro amigo, escribió algo irónico pero que pretendía explicar la filosofía pictórica de Balthus: "Balthus no llegó a pecar, y estoy seguro de que era, como le gustaba a él decir, un pintor religioso. ¿No es, al fin y al cabo, la religión el ejercicio de una mirada fija y persistente a un punto inalcanzable? El culto misterioso de las niñas".
Su obra más importante, tal vez por lo grotesco y violento, que hizo al mundo artístico sacudirse.